martes, 25 de enero de 2011

La Primera Abogada Arequipeña

Escrito por Mario Rommel Arce

Archivado en Historia de Arequipa, Personajes Arequipeños el 05-10-2009
 
Columbia Valdivia Carpio fue la primera abogada en Arequipa. Un hecho inusitado hasta entonces en que la mujer, según el criterio del siglo XIX, solo debía ser “buena hija, buena esposa y buena madre de familia”. Una situación impensable hoy, pero que describe con claridad el pensamiento de una época de marcado acento patriarcal.

La mujer en la historia estuvo excluida de la posibilidad de seguir una carrera que le permita alcanzar su independencia económica, pero también la realización personal en el ámbito profesional.

La mayoría de ellas eran analfabetas y no estaban suficientemente preparadas para la vida; lo cual las hacía más vulnerables ante los hombres. Su situación, en el siglo XIX, la condicionaba a un rol de ama de casa y sujeta a los prejuicios sociales de la época. En cambio, las mujeres del pueblo fueron más libres y menos esclavas de los convencionalismo sociales.

Sin embargo, ya a comienzos del siglo XIX, se notaba la necesidad de establecer centros de enseñanza que instruyan a las mujeres en determinados oficios y a que accedan a un mínimo de educación para desenvolverse en la vida. En el caso de Arequipa, tal objetivo cumplió el Colegio de las Educandas (1809), como también el Colegio del Rosario (1870) y los Sagrados Corazones de Arequipa (1878).

En el “Prospecto del Colegio de Señoritas de Nuestra Señora del Rosario” que publicó la Reverenda Madre Elena Chávez Delgado, se hace referencia a la importancia para la época de la enseñanza impartida en materia de educación religiosa, moral, intelectual y estética. Al respecto decía lo siguiente: “La enseñanza de las alumnas no carece de cuanto exigen su propia condición y los adelantos de la época, abarcando todo cuanto puede serles provechoso en las diversas situaciones de la vida, para que al regresar al seno de sus hogares no echen de menos ningún conocimiento útil a toda mujer católica y esmeradamente educada”.

Está claro que para esos centros de enseñanza había la necesidad de llenar un vacío que permita a las mujeres mejorar su condición en la sociedad. Como señalaba la Reverenda Madre Elena Chávez Delgado, la instrucción en su Colegio no solo era teórica sino también práctica. De manera que le permita acceder a una serie de conocimientos que le sean útiles en la vida. En esa línea, el citado “Prospecto” del año 1900, menciona que el Colegio fomenta: “el preceptorado, la instrucción comercial, la costura blanca y confección de vestidos, el trabajo de toda clase de labores de manos, el cultivo de las bellas artes, etcétera”.

La idea era dotar a las mujeres de los conocimientos esenciales para el desempeño en el hogar, pero también para “luchar más tarde con ventaja en el rudo combate de la vida”. Sin embargo, todavía no existe la posibilidad de que la mujer logre seguir estudios superiores en la única Universidad que entonces existía en la ciudad de Arequipa. Esto mismo ocurría en otros lugares del país.

Recordemos sólo para ejemplarizar este caso a Trinidad Enríquez, la abogada cuzqueña que no llegó a serlo, porque se le impidió graduarse en la Universidad San Antonio Abad del Cuzco, donde había seguido estudios de derecho. Luego que inició una batalla legal, llegando hasta la Corte Suprema de Justicia, el dictamen fiscal de este tribunal resolvió en su contra, alegando que el temperamento de la mujer no era afín a la abogacía que exigía carácter. Dijo entonces el fiscal Ricardo Wenceslao Espinoza:

“La mujer debe ser, ante todo, buena hija, buena esposa, buena madre de familia: Dios la puso en el mundo con ese objeto; y para que pueda realizarlo, la dotó de belleza, candor, delicadeza de sentimientos y cierta tendencia a someter su voluntad y su inteligencia a las del hombre, en todos los estados de la vida. La poesía, la música, las labores domésticas, el comercio y la industria por menor y otras ocupaciones de este género, convienen a la mujer, pero la milicia, por ejemplo, la marina, la ingeniatura y otras profesiones que demandan fuerza física, vigor intelectual y cierta rudeza de voluntad, son absolutamente incompatibles con el carácter del bello sexo y con el fin a que está destinada en la sociedad”.

“La abogacía se encuentra en este caso, pues aun cuando no requiera esfuerzo físico, exige en cambio un gran desarrollo de la inteligencia, un notable poder de abstracción para perseguir todas las relaciones jurídicas y una inquebrantable firmeza de carácter, para luchar en defensa del Derecho y combatir el crimen y la injusticia donde quiera que se encuentren. Esta profesión, esencialmente varonil, no puede menos que modificar el carácter propio del sexo femenino y apartar a la mujer del hogar doméstico, al cual tal vez más tarde sin las cualidades necesarias para ser una buena esposa, ni siquiera una mediana madre de familia”.

Una situación increíble hoy, pero que describe con exactitud el pensamiento de la época, de marcado acento patriarcal. Y ello debido a la influencia romana de la legislación nacional, que privilegió la figura del varón sobre la mujer. Así, por ejemplo, él fijaba el domicilio conyugal y ella debía seguirlo adonde fuera, bajo pena de incurrir en causal de divorcio. Aunque, por otro lado, el primer código civil peruano de 1852 permitió la patria potestad de ambos padres, en lo que viene a constituir un elemento evolucionado en relación a su referente romanista.

El dictamen del fiscal de la Corte Suprema, corresponde al año de 1891, y es un claro ejemplo de cuál era el pensamiento de la época en relación a las mujeres. Su rol estaba circunscrito a las actividades propias de su sexo. En cambio, el rigor intelectual y aquellos trabajos que exigían fuerza y carácter, eran también contrarios a la naturaleza de su sexo.

“Trinidad María Enríquez. Una abogada en los Andes” titula el libro escrito por Carlos Ramos Núñez en alimón con Martín Baigorria Castillo; el mismo que gira en torno a la vida de la cuzqueña Trinidad María Enríquez (1846 – 1891), estudiante de abogacía en la Universidad San Antonio Abad del Cuzco, que no llegó a graduarse, por impedimentos sobre todo sociales, en una época en que el hombre estaba por encima de la mujer.

La condición de la mujer estaba entonces relegada a las labores domésticas. Era impensable que una mujer pueda ser profesional. La propia normativa vigente la limitaba a las decisiones del varón. No podía, por ejemplo, ser testigo testamentario o suscribir contratos por sí. El varón fijaba el domicilio conyugal y la mujer debía seguirlo a donde éste vaya. Se sancionaba el adulterio de la mujer y el marido la representaba en juicio. Igualmente estaba limitada en el ejercicio de sus derechos políticos. No podía elegir ni ser elegida. Su formación seguía siendo elemental, si no contaban con los recursos necesarios para acceder a los libros. Los hogares más acomodados económicamente constituyeron probablemente la excepción. En todo caso, con la creación de colegios para señoritas, se demostró una mayor conciencia sobre la importancia de la educación femenina.

Recién en 1908, se permitió que las mujeres realicen estudios superiores en las universidades del país. Fueron inicialmente pocas las mujeres que optaron por seguir una carrera profesional. Todavía las ideas decimonónicas sobreviven en el inconsciente colectivo de la sociedad. “La buena hija, la buena esposa y la buena madre de familia”, siguen vigentes durante la primera mitad del siglo XX. Hasta entonces, era innegable el predominio del varón en el campo laboral.

Un caso singular y, por lo mismo, relevante en la historia de género en Arequipa, fue el grado de abogado de la señorita Columba Valdivia Carpio en 1942. Como entonces lo destacaron los periódicos locales, era la primera vez que se graduaba de abogada una mujer en la Universidad Nacional de San Agustín.

Columba Valdivia Carpio nació en Arequipa el 6 de octubre de 1913. Fueron sus padres, el señor Augusto Valdivia Barrientos, regidor provincial durante la alcaldía del próspero industrial arequipeño Pedro P. Díaz, y la señora Julia Carpio. Su padre fue, además, autor de la iniciativa que estableció a partir de 1947 la Semana de Arequipa, para festejar el aniversario de fundación española de la ciudad.

Hizo sus estudios primarios y dos primeros de secundaria en la Escuela Normal. El tercero en el prestigioso Colegio del Corazón de Jesús y el cuarto y quinto de secundaria en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de la Asunción. Luego de seguir los estudios superiores en la Facultad de Derecho de la UNSA, alcanza el grado de bachiller en 1941, con la tesis “Derechos Fundamentales del Niño” que fue aprobada por unanimidad; y al año siguiente, el título de abogado que dio motivo a varios homenajes en su honor.

El jurado estuvo integrado por los catedráticos Mariano Ponce y Talavera, Juan Manuel Polar Ugarteche, Humberto Núñez Borja, Luis de Taboada y Bustamante y Juan Manuel Chávez Torres. Después de haber sido aprobada por unanimidad, invitó una champañada en el bar Botazzi.

Por su parte, las socias de “La Acción Femenina Peruana” saludaron el logro académico conseguido por una mujer que, a la sazón, era secretaria de su directiva, y organizaron en homenaje suyo un cóctel en el Hotel Arequipa en Selva Alegre.

Los periódicos de la época dieron cuenta del agasajo ofrecido a la doctora Valdivia en el Hotel Arequipa, donde le fue obsequiado un pergamino de recuerdo. Aquella vez agradeció emocionada el gesto y dijo que “si había llegado a coronar su carrera profesional era por designios de la suerte, pues no poseía ninguna cualidad que la pudiera distinguir de las demás”. Otra institución representativa de la ciudad, que se sumó a los homenajes fue el Rotary Club.

Cuando cumplió 25 años de actividad profesional, fue igualmente objeto de un cálido homenaje por parte de la “Asociación Femenina de Profesionales de Arequipa”. En dicho acto, la doctora Valdivia recibió un artístico pergamino “como expresión de reconocimiento y aplauso por su labor de abogado en la vida jurídica de Arequipa”.

Durante los 25 años de labor profesional, la doctora Valdivia fue defensora de oficio en la Corte Superior así como Relatora Suplente y Agente Fiscal Suplente. Desde 1959 ocupó la Jefatura de la Oficina de Estadística y Registros Civiles del Concejo Provincial de Arequipa.

Anteriormente sirvió la Inspección de Cultura en el Concejo Provincial que presidió Ulrich Neisser. Fue igualmente fundadora de la “Acción Femenina Peruana” y miembro de instituciones como el “Centro Defensor del Niño” y el “Centro Social de Trabajadores”. Aquí, justamente, con motivo de su primer aniversario, dictó una conferencia sobre las normas de defensa de la mujer. Dijo entonces, según una crónica periodística, que la mujer obrera tenía menos probabilidades de conocer la legislación social que la ampara.

También opinó, en otro momento, a favor del divorcio. En una entrevista para el diario “Noticias”, de fecha primero de octubre de 1949, la doctora Columba Valdivia Carpio dijo que “el divorcio absoluto debe subsistir en nuestra legislación, pues derogarlo significaría un gran retroceso en nuestro progreso y bienestar social”. Dijo que “el divorcio es una cuestión moral y social, ya que la moralidad redunda siempre en el perfeccionamiento o atraso de la sociedad; y hay que tratarlo desde el punto de vista real y humano, porque humana y real es la sociedad. Sus proyecciones son, pues, enormes, en la sociedad y en la moral”. Y agrega: “En la práctica judicial, el divorcio no se concede por que si; la justicia encargada a nuestros jueces, no declara el divorcio sin causa debidamente comprobada que condene al cónyuge culpable. Además, en todo juicio de divorcio interviene obligatoriamente, como defensor del vínculo y como representante de la sociedad, el Ministerio Público y su opinión es valiosa para el juez”.

Recordemos que el matrimonio civil y el divorcio fueron establecidos en 1930 y luego en el Código Civil de 1936. Sin embargo, todavía había voces discrepantes que preconizaban la vigencia del matrimonio religioso como sacramento indisoluble.

A raíz de la muerte de la notable escritora arequipeña María Nieves y Bustamante en 1947, la doctora Columba Valdivia pronunció un sentido discurso fúnebre en nombre del Concejo Provincial de Arequipa. Con elocuente palabra habló de la importancia del personaje en los siguientes términos: “María Nieves y Bustamante fue la única mujer ilustre de nuestra tierra, la hija predilecta de Arequipa; la mejor intérprete de sus bellezas naturales y de las virtudes y el heroísmo de nuestro pueblo”.

La primera abogada arequipeña falleció el 15 de diciembre del 2007, a la edad de 94 años rodeada de toda su familia.

Se trató, sin duda, de un personaje singular para su época. Como ella misma declaró en cierta ocasión, desde muy joven sintió el impulso de estudiar una carrera para valerse por sí misma en la vida. El suyo es un notable ejemplo de lucha por ocupar nuevos espacios y asumir un rol más protagónico en la sociedad.

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