lunes, 26 de diciembre de 2011

“ORABUNT CAUSAS MELIUS” EL LEMA DEL COLEGIO DE ABOGADOS DE LIMA Y LA HISTORIA (SINGULAR) DE UNA INFAMIA

* Leysser León Hilario - Doctor en Derecho. Catedrático de Derecho Civil PUCP, UP, UPSMP. Asociado Senior del Estudio Ferrero Abogados

En una publicación electrónica reciente1, Alfredo Bullard identifica con objetividad y crudeza muchos de los problemas que agobian al Colegio de Abogados de Lima, cuyo nuevo decano será elegido dentro de poco. De esas polémicas reflexiones y reprensiones, en las que el autor cuestiona acremente el valor y la utilidad, inclusive, de la colegiatura, ha llamado mi atención la atinada referencia a la divisa del Colegio: “orabunt causas melius”, que aparece inscrita en la medalla que poseemos, como distintivo, los miembros de la Orden.

Como señala Bullard, la traducción corriente de esta enseña –masivamente inobservada, como él también destaca– es “sólo defenderemos causas justas”. Yo recuerdo otra versión, no muy diferente: “defenderéis las mejores causas”: una invocación a los miembros de la Orden para discriminar los pleitos buenos de los malos y para elegir los que sean justos.

En realidad, sin embargo, el lema del Colegio se traduce “(otros) serán mejores en oratoria” o “en elocuencia”. Sólo con la asociación tardía del vocablo “causa” con “controversia” cobran arraigo las traducciones “forenses” que, a pesar de todo, no nos son tan familiares: “(otros) defenderán mejor las causas” o, según Fray Luis de León: “(otros) abogarán mejor”2 o, como propone John Dryden: “(let others) plead better at the bar”3.

¿Cuál es el origen de esta tergiversación, que asigna el significado imperativo de defender las mejores causas a un augurio o esperanza de perfeccionar la elocuencia y, posteriormente, de ser mejores al defender o abogar? ¿Y qué valor, al margen de las precisiones filológicas, puede o debe reconocerse actualmente a la añosa enseña?

“Orabunt causas melius” es un verso tomado de la “Eneida” (Canto VI), en el que Anquises, padre del héroe troyano Eneas, augura para Roma un porvenir glorioso en sojuzgamientos y en reinados, a la vez que vislumbra la aparición de “otros” que serán mejores en las artes (entre ellas, la oratoria) y ciencias. El verso es famoso, empero, por constituir una infamia: una histórica diatriba del poeta Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.) contra el filósofo y político Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.).

“Otros –añora Anquises en este pasaje de la “Eneida”– harán tan al vivo las imágenes, que parezca que respiran: no lo reduzco a duda. Otros en el mármol esculpirán al vivo los rostros. Otros abogaránmejor, escribirán altamente de la astrología, los movimientos de los cielos y los aspectos de los signos. Tú, oh romano, no te olvides de regir a los pueblos con imperio; guarda solos estos preceptos; procura siempre conservar la paz, favoreciendo a los desvalidos y no perdonando a ningún poderoso”4.

La interpretación ilustrada de “orabunt causas melius” revela que con estas palabras Virgilio dictamina la superioridad, en elocuencia, de Grecia (de Demóstenes, siendo precisos) sobre Roma (sobre Cicerón, siendo, una vez más, precisos)5. La esperanza en que otros, en el futuro, brillen más en la elocuencia representa un desconocimiento de todos los méritos de Cicerón; mezquindad que según los estudiosos que han analizado este pasaje virgiliano sería atribuible al distanciamiento entre el agraviado, opositor del Segundo Triunvirato, y Octavio, el futuro emperador Augusto (63 a.C.-14 d.C.).

En “La Ciudad de Dios”, San Agustín (354-430) descifra las palabras de Virgilio como una nítida manifestación de la vocación (romana) por el mando y el señorío, antes que por los oficios y las artes enaltecidos en otros pueblos: la vocación de “reinar y mandar, de sujetar y conquistar a otras gentes”6. Siglos después, el cardenal Pietro Sforza Pallavicino (1607-1667), al escrutar las razones del dictamen contenido en la “Eneida”, opina que una alabanza al orador habría sido vista como un vituperio contra Augusto, que había permitido la ejecución de Cicerón, resuelta por Marco Antonio (83-30 a.C.).

La invectiva de Virgilio, sin perjuicio de estas consideraciones, es claramente infundada, pues – como esmeradamente subraya Sforza Pallavicino– “la elocuencia había florecido en Roma, de manera admirable, desde los primeros años de esta ciudad”7. El propio Cicerón lo atestiguó en sus obras8, pero, sobre todo, con su ejemplo de vida, que le valió el reconocimiento general como “rey del foro y ley en el decir”. El don de la palabra de Cicerón habría sido tal que hizo derramar lágrimas a un gobernante, en Rodas, que luego de escucharlo cayó, emocionado, en la cuenta de que los romanos habían despojado a Grecia, no sólo del “cetro del poder”, sino también del de la elocuencia9.

En la segunda mitad del siglo XVIII el poeta Vittorio Amedeo Alfieri (1749-1803) califica de “cobarde” el insulto virgiliano y de “infames” las palabras “Orabunt (alii) caussas melius” (sic). Explicitando el denuesto, Alfieri traduce: “otros pueblos tendrán oradores más excelsos, que los romanos no tuvieron” y opina que, con este proceder, “un escritor latino excelente, con vil y mezquina desvergüenza, concede gratuitamente las palmas de la elocuencia a los griegos o a quien sea, con el solo fin de quitársela a Cicerón” y de congraciarse, a la vez, con el emperador Augusto10.

La explicación de Alfieri recibe la adhesión del escritor Lorenzo Pignotti (1739-1812), quien cita un hecho anecdótico sobre el odio de la familia imperial hacia Cicerón: en una ocasión Augusto descubrió que sus nietos leían, a escondidas, las “divinas obras” del ejecutado. Y les dijo que aquel autor, secretamente consultado, había sido “un hombre docto, amante de la libertad”11. Otro intelectual italiano, Antonio Meneghelli (1765-1844), dedica un entero ensayo al verso en cuestión, en el que sostiene, minoritariamente, que “orabunt causas melius” responde, no a un deliberado propósito de ofender, sino al convencimiento pleno y honesto de Virgilio sobre la superioridad de los griegos en el terreno de la oratoria. Cuando se escribió la “Eneida” – según Meneghelli– “todo lo que se conocía del griego era precioso a ojos de los romanos. Muchos dejaban a un lado la lengua patria para consagrarse a la de Pericles, y nadie pensaba que fuese posible alcanzar cierta celebridad si el saber no provenía de las fuentes griegas”12. No debe sorprender –concluye el autor citado– que Virgilio, “doctísimo en la letras griegas y latinas, aun al cabo del más riguroso cotejo, haya tomado partido por Demóstenes, y que sólo por él haya hecho decir al padre Anquises: orabunt causas melius”13.

Thomas De Quincey (1785-1859), finalmente, coincide en tildar el verso virgiliano de “insulto a la memoria de Cicerón” y ratifica la tesis tradicional de que, con sus palabras, el poeta buscaba congraciarse con el emperador y cumplir sus “deseos malignos”14. El ensayista inglés afirma – en otro de sus opúsculos– que “orabunt causas melius” es un “estudiado insulto [de Virgilio] a un gran compatriota recientemente desaparecido, no menos falso en los hechos que en sus motivos”15.

Llegados a este punto, es inevitable y comprensible la perplejidad ante cuáles fueron las reales intenciones de quienes, al organizar la Orden instituyeron “orabunt causas melius” como lema de los colegiados. Nada precisa, al respecto, el Decreto Supremo del 31 de marzo de 1838, en cuya virtud el mariscal Luis José de Orbegoso, como “Presidente Honorario” de la República, dispone:

“Art. 1. Los individuos del Colejio de Abogados de esta capital, a más del vestido negro que les corresponde, llevarán como distintivo particular una estrella de oro de dos pulgadas de diámetro con siete ángulos salientes y una corona cívica en el centro, dentro de la cual se leerá, en tres líneas paralelas, el mote del Colejio: Orabunt causas melius, y sin más adorno, según el modelo presentado”16.

El Decreto obliga a portar el distintivo (artículo 3) “en las concurrencias de etiqueta, en las Juntas del Colejio y en las asistencias a los estrados de los Tribunales y Juzgados; pudiendo los Majistrados, eclesiásticos y empleados que pertenecen al cuerpo usarla también”, y dispone terminantemente (artículo 4) que no se admita en “los Tribunales y Juzgados a los Abogados del Colejio que no se presentaren con la insignia detallada”, encargándose el cumplimiento de este mandato al Ministro de Estado del Despacho del Interior.

Habiendo rescatado y esclarecido el origen y significado de la expresión, creo que su lectura moderna debe enfocarse en la necesidad de la preparación del abogado para el ejercicio de la profesión; requerimiento que, como bien se entiende, está en un nivel más elemental que el de la noble elección de los “mejores” casos o de los casos “justos”: la práctica forense urge de preparación, también, en el “arte de arengar” –como lo llama Meneghelli– o en el de persuadir y, más en general, en el de comunicar. Estas exigencias, en no menor medida que todas las oportunamente efectuadas por Bullard, merecen el interés prioritario del Colegio.

Esta reclamación –hay que anotarlo– no es nada nueva. A mediados del siglo XIX, el polígrafo y jurisconsulto nacional Manuel Atanasio Fuentes (1820-1889), que llegaría a ser decano del Colegio (1879-1882), escribe, con su inconfundible estilo:

“La existencia en nuestro foro de algunos abogados que a pesar de muchos años de práctica, dan diariamente pruebas de una ignorancia escandalosa, sólo puede explicarse por la poca severidad de los miembros del Colegio, encargados de apreciar la suficiencia de los candidatos, y demuestra que en aquellos obran también ciertos estímulos que no son los de la imparcialidad y la justicia”17.

“Abogarán mejor” es, entonces, un ideal de viva actualidad y de obligatoria reafirmación hoy en día, cuando la actividad forense demanda de cada miembro de la Orden el compromiso y la responsabilidad de aprender y conocer más para perfeccionar, en todos los planos, el ejercicio de la profesión.


Lima, 15 de noviembre de 2011



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1 BULLARD GONZÁLEZ, Alfredo, en “Prohibido Prohibir”, en http://www.blogs.semanaeconomica.com, post del 31 de octubre de 2011.

2 PUBLIO VIRGILIO MARÓN, “Los Seis Libros Primeros de la Eneida”, traducidos en prosa castellana por Fray Luis de León, t. III, Oficina de Josef i Thomas de Orga, Valencia, 1777, p. 482-483.

3 DRYDEN, John, “The Works of Virgil”, vol. III, C. Bathurst y otros, Londres, 1782, p. 188.

4 Siempre según la traducción citada (nota 2) de Fray Luis de León.

5 Nótese que la abogacía está claramente excluida de la comparación virgiliana, porque Demóstenes, a diferencia

de Cicerón (abogado, además de tribuno y filósofo) se dedicó sólo a la actividad política.

6 SAN AGUSTÍN, “La Ciudad de Dios”, trad. de Antonio de Roys y Roças, Libro V, Capítulo XII, Imprenta de Juan de la Cuesta, Madrid, 1614, p. 137.

7 SFORZA PALLAVICINO, Pietro, “Del Bene” (1644), en ID., “Opere”, vol. II, Nicolò Bettoni e Comp., Milán, 1834,

Cap. XLIV, p. 567. Entre los autores italianos anteriores e interesados, igualmente, en descifrar el significado de este verso de VIRGILIO destaca el escritor y filósofo SPERONI DEGLI ALVAROTTI, Sperone (1500-1588), “Dialogo primo sopra Virgilio” (1542), en ID., “Opere”, t. II, Domenico Occhi, Venecia, 1740, p. 112 y s.

8 SFORZA PALLAVICINO (loc. cit.) remite al diálogo “De claris orationibus”, dedicado a Marco Bruto, y también a las “Tusculanae disputationes”, donde la afirmación de la superioridad romana en oratoria sería explícita. Este juicio es confirmado por WILLIAMS, R. D., “The Sixth Book of the «Aeneid»”, en “Greek & Rome”, 2a. serie, vol.

11, Cambridge University Press, 1964, p. 61.

9 Aunque no lo consigna SFORZA PALLAVICINO, esta anécdota proviene de PLUTARCO, “Cicerone”, en ID., “Le vite

parallele”, trad. de Girolamo Pompei, vol. IV, Felice Le Monnier, Florencia, 1846, p. 145. Cicerón, según informa

PLUTARCO, pronunció aquel famoso discurso en griego.

10 ALFIERI, Vittorio Amedeo, “Del Principe e delle Lettere”, Barbèra, Bianchi e Comp., Florencia, 1859, p. 106-107. El conde ALFIERI –oportuno es recordarlo– fue autor de una de las más famosas traducciones italianas de la “Eneida”.

11 PIGNOTTI, Lorenzo, “Lettere sopra i Classici”, en “Atti della Accademia Italiana”, t. I, Molini, Landi, e Compagno, Florencia, 1808, p. 55-56 (lettera II). La fuente es, una vez más, PLUTARCO, op. cit., p. 194. Tal vez PIGNOTTI cita de memoria, porque las expresiones de Augusto, según PLUTARCO, fueron: “Hombre docto, hijo mío, hombre

docto y amante de la patria”.

12 MENEGHELLI, Antonio, “Sopra il passo dell’Eneida Orabunt causas melius”, en ID., “Opere”, vol. IV, Tipográfica Minerva, Padua, 1831, p. 159-160.

13 IBÍD., p. 162-163. Abonaría en favor de esta interpretación el hecho, conocido, de que Virgilio encomendara a dos de sus amigos, como última voluntad, la destrucción del manuscrito de la “Eneida”.

14 DE QUINCEY, Thomas, “Letters To a Young Man Whose Education Has Been Neglected”, en ID., “Works”, vol. XIII, Adam and Charles Black, Edimburgo, 1863, p. 67 (texto y nota). Ver también: P. VERGILI MARONI, “Opera”, con el comentario de John CONINGTON, vol. II, Whittaker and Co. Ave Maria Lane, Londres, 1863, p. 526 (nota

al verso 849 de la “Eneida”).

15 DE QUINCEY, Thomas, “The Logic of Political Economy” (1844), Ticknor and Fields, Boston, 1868, p. 64.

16 En: “Colección de leyes y decretos y órdenes publicadas en el Perú desde su independencia”, t. VI, Imprenta de José Masías, Lima, 1842, p. 54-55.

17 FUENTES, Manuel Atanasio, “Estadística general de Lima” (1ª. ed., 1858), 2ª. ed., Tipografía de Ad. Lainé y J. Havard, París, 1866, p. 177.

Foto: www.up.edu.pe/carrera/derecho

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