miércoles, 17 de marzo de 2010

EDUARDO J. COUTURE (Biografia)

El notable jurista uruguayo nació el 24 de mayo de 1904 y abandonó el mundo muy tempranamente, en la madrugada del 11 de mayo de 1956. Sus páginas estaban en aquel entonces aún tibias y su pensamiento floreciente. Fue un final abrupto, injusto, un sinsentido. Dejó a Montevideo de luto y el resto fue tierra fértil y un inmenso camino abierto en las páginas del derecho procesal.
El profesor Santiago Sentís Melendo decía cuatro meses después de su muerte: “No solamente se debe trabajar sobre la obra de Couture, sino que se debe seguir trabajando con Couture; esto es, con Couture no ausente, sino en permanente presencia”.
Presencia
Eduardo Couture se graduó en la carrera de abogacía el 29 de diciembre de 1927, en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República Oriental del Uruguay. En 1931 fue nombrado profesor de Procedimiento Civil en esa casa de estudios, y algunos años más tarde, profesor titular de esa materia, cargo que ejerció hasta su fallecimiento, al tiempo que se desempeñaba como decano de la Facultad. Además, ocupó el cargo de presidente del Colegio de Abogados de Montevideo y el de director de la revista de derecho Jurisprudencia y Administración.
En el exterior, fue honrado como profesor honorario de diversas universidades nacionales. Perú, México, Chile, Costa Rica, Italia y nuestro país le otorgaron ese mérito.
Fue distinguido también con diversos títulos de honor: el grado de Comendador de la Orden Nacional do Cruceiro do Sul le fue otorgado por la República Federativa del Brasil (1950), y el de Caballero de la Legión de Honor por la república francesa (1951).
En Uruguay, su tierra, fue profeta. El Ministerio de Instrucción Pública lo condecoró con la medalla de oro, máximo reconocimiento por su obra cultural.
En cuanto a su obra jurídica, recordemos que son de su autoría, entre otros, Estudios de Derecho Procesal, Fundamentos del Derecho Procesal Civil, Trayectoria y doctrina del Derecho Procesal Civil y Diccionario de vocabulario jurídico. También mencionemos, para abundar en un detalle de particular interés, que luego de escribir el último título citado redefinió su obra previa, y que en 1945 redactó el Código de Procedimiento Civil de su país.
En cuanto a su actividad docente, ello merece un párrafo aparte. Ejerció con absoluta dedicación y amor la tarea de enseñar, la cual llevaba a cabo dentro del aula y aun fuera de ella; es que a su estudio acudían a consultarlo en forma continua, luego de egresados, sus ex alumnos, a quienes recibía, según ellos mismos cuentan, con la pasión del docente, pero además con la cortesía que se le debe al colega.
Fue también maestro de las siguientes generaciones de abogados y lo es de las actuales y de las futuras, quienes –a través de sus libros y prólogos– pueden aprender gran cantidad de lecciones, pero a través de sus Mandamientos del abogado pueden aprender, tal vez, la más importante de las lecciones.
Recuerdos del maestro
Son muchas las anécdotas que ilustran el amor que sentía Couture por la docencia. Muchas de ellas las he conocido a través del relato de los amigos y colegas del maestro, quienes se emocionan al recordar.
Una de ellas es acerca de la intensidad con que Couture estimulaba a sus alumnos a investigar y a pensar. Los invitaba a publicar algunos de sus trabajos en la revista jurídica que presidía. En una ocasión se enteró de que un grupo de estudiantes representaba la obra teatral “Querido Brutus” en una sala de la Facultad de Humanidades. Couture decidió citarlos. Los jóvenes, intrigados, concurrieron a reunirse con tan distinguido profesor. El encuentro había sido organizado para alentarlos con el fin de que prepararan “Agamenón”, de Esquilo, y para ofrecerse a conseguir la donación de las telas para el vestuario de la obra, promesa que –de más está decir– fue cumplida.
Otra historia narrada por profesores de la Universidad de la República Oriental del Uruguay ilustra su temperamento. En una oportunidad en la que fue invitado a formar parte del jurado de un concurso de literatura, organizado por la Subcomisión de Extensión Cultural del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho, preguntó cuáles eran los premios del certamen. Desilusionado ante la ausencia de galardones por motivos presupuestarios, tomó del portafolios su chequera, al tiempo que comentaba que un concurso sin premios no sería atractivo ni estimulante para nadie.
Héctor H. Barbagelata, profesor emérito y amigo personal, rememorando la clase final del curso de Couture escribió: “En ella hizo referencia como lección compendiosa sobre derecho procesal un pasaje del testamento de Rodin, y con ello procuraba enseñar que también en el derecho las formas debían concebirse en profundidad; y que cuando se modela –recordaba el texto de Rodin– no se debe pensar en superficie sino en relieve, y que el relieve viene desde dentro y es el que determina el contorno”.
Couture fue también un orador exquisito y un escritor excelso del derecho y de las letras, pues produjo obras, algunas jurídicas, y otras en las cuales narró sus experiencias de vida, como fue La comarca y el mundo, todas hermosamente relatadas.
Su don para la escritura le valió en 1947 el grado de Académico de Número de la Academia Nacional de Letras del Uruguay. A pesar de esto, él insistía en que no merecía tal calificación, y hasta consideró una enorme injusticia haber recibido la distinción.
Santiago Sentís Melendo, en su prólogo a la tercera edición de los Fundamentos del Derecho Procesal Civil, de Couture, manifiesta: “Los libros de Couture son todos claros, de una absoluta diafanidad; pero acaso éste encierra para ellos (los estudiantes) el peligro de que la claridad pueda resultar excesiva, porque esa claridad debe luchar contra otra claridad antes existente, y ha de destruirla”; o como también decía Russomano: “Couture era una gran estrella de primera grandeza, pero sabemos todos nosotros que cuando una estrella desaparece en el vacío del infinito, su luz continúa por muchos y muchos años, atravesando el espacio y el tiempo. Así pasa con Couture”.
Páginas autobiográficas
“En el ansia de libertad debe, pues, estar el punto de partida de todas mis páginas”. Así definía Eduardo Couture el epicentro de su actividad intelectual y de sus motivaciones personales. Toda su obra está nutrida de ese concepto, el cual además alimentó otros aspectos de su vida. Así enseñaba: “Como en la rosa de los vientos de la vieja civilización china, que tenía un quinto punto cardinal, el centro, la libertad es el punto hacia el cual convergen todas las direcciones”. Desde ese puerto zarpó para escribir el decálogo, su obra más generosa.
Recordemos: “El día de gloria para el abogado no es el día en el que se le notifica la sentencia definitiva que le da la victoria. Al fin y al cabo, ese día no ha ocurrido nada importante para él. Solamente se ha cumplido su pronóstico. Su gran día, el de la grave responsabilidad, fue aquel día lejano y muchas veces olvidado, en que luego de escuchar un relato humano, decidió aceptar el caso. Ese día tenía libertad para decir que sí o decir que no”.
La lucha fue otro de los conceptos viscerales de la idea couturiana: “Luchar por el derecho hasta que el derecho se confronte con la justicia, y en ese momento, luchar por la justicia”. “Luchar por la pasión, pero estar atento para olvidar tanto la victoria como la derrota una vez que ha concluido el combate”, como gesto de humildad, cabe agregar.
Y en la lucha de Couture hay, además de pasión, lealtad. ¿Hacia quién? Pues hacia el cliente, hacia el contrincante, y por supuesto, hacia el juez. Como nos enseña en su quinto mandamiento: “Abogado que traiciona la lealtad, se traiciona a sí mismo y a su ley”.
Couture defendió valores como la paz y la justicia, e imprimió a la cultura del derecho su sello único, el de un procesalismo arraigado al imperio de la Constitución. Fue la voz viva del diálogo entre la ética y la ley positiva. Tuvo la autoridad moral para impartir un mandato, imaginando la concreción de su sueño: que las presentes y futuras generaciones de abogados estudien, piensen, trabajen, luchen, sean leales, toleren, tengan paciencia y fe, olviden la derrota y también la victoria, que amen su profesión, pues el amor, decía, “transforma el trabajo en creación… y la vida en poesía”.
La fe de Eduardo Couture estuvo recostada sobre el abogado “un poco como lo muestra la vida y otro poco como lo representa la ilusión”. Su meta, sembrar en los profesionales del derecho, el amor y la pasión. Afirmaba: “No hay que llorar la muerte del viajero. Hay que llorar la muerte del camino”. Basten entonces sus palabras para sostener que el sueño es capaz de engendrar fuerza creadora, pues en las manifestaciones superiores de la abogacía no hay más valioso legado que el de dejar abierto el camino de la virtud. Esa es, en definitiva, la victoria de lo ideal sobre lo real.
*La autora: Dra. Laura Yussen: Es abogada y se desempeña como asesora del defensor del Pueblo.

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